Evaluación y formación: un tándem esencial para el aprendizaje
En resumen
La evaluación no es una simple formalidad al final de un itinerario: desempeña un papel activo en la construcción de la identidad profesional del alumno.
Según los trabajos de Loïc Clavier sobre la formación en alternancia, formación y evaluación avanzan en paralelo a través de 3 fases: conformación y control, participación y evaluación formativa, y realización y construcción de sentido.
La AFEST (la formación en situación de trabajo regulada en Francia) materializa esta complementariedad, a través del posicionamiento inicial, la puesta en situación observada, la fase reflexiva y, después, la evaluación de las competencias observadas.
Bien planteada, la evaluación se convierte en una herramienta de diálogo y de construcción conjunta en lugar de una sanción, en una palanca de mejora continua en lugar de un simple indicador de rendimiento.
Un tándem inseparable para el desarrollo de competencias
Cuando se habla de formación, la evaluación se percibe a menudo como una simple formalidad, una forma de validar lo aprendido al final del itinerario. Sin embargo, esta visión es reduccionista. Lejos de ser una simple herramienta de control, la evaluación desempeña un papel fundamental en la construcción de la identidad profesional de los alumnos.
La formación, una base de competencias; la evaluación, un motor de la identidad profesional
Durante mucho tiempo se ha considerado que la formación estructuraba la adquisición de conocimientos y que la evaluación intervenía después, para medirlos. Pero en realidad, ambos procesos están íntimamente ligados. La evaluación no se limita a comprobar un aprendizaje: ayuda al alumno a situarse y a afirmar su identidad profesional.
Pensemos en alguien que se incorpora a un oficio. Al principio, sigue los modelos que se le imponen y aplica las instrucciones sin cuestionarlas realmente. Después, a través de las evaluaciones y de los comentarios que recibe, ajusta sus prácticas, toma distancia y desarrolla su propio enfoque. Por tanto, el aprendizaje no se produce solo gracias al itinerario, sino también gracias a la forma en que la evaluación ayuda al alumno a progresar y a proyectarse en su futuro oficio.
Un camino paralelo: formarse y situarse
En su artículo sobre la relación entre evaluación y formación en la formación en alternancia (“La relation entre évaluation et formation dans les formations par alternance”), el académico Loïc Clavier pone de relieve una progresión paralela entre formación y evaluación. Estos dos recorridos evolucionan juntos, en 3 grandes etapas:
Fase de conformación y control: el alumno sigue las normas y aplica métodos preestablecidos. Aquí, la evaluación sirve para comprobar que se han adquirido las bases.
Fase de participación y evaluación formativa: el alumno empieza a entender los comentarios y a integrarlos para mejorar sus prácticas. La evaluación se convierte entonces en una herramienta de progreso.
Fase de realización y construcción de sentido: el alumno se emancipa, toma distancia y convierte la evaluación en una palanca de reflexión estratégica sobre su trayectoria profesional.
Así pues, un buen formador no se limita a transmitir conocimientos: también acompaña a los alumnos en la comprensión de su propia evolución mediante evaluaciones que tienen sentido.
La AFEST: una materialización concreta de la complementariedad entre evaluación y formación
La AFEST (Action de Formation En Situation de Travail, o formación en situación de trabajo) es una ilustración perfecta de esta relación dinámica entre formación y evaluación. Esta modalidad pedagógica innovadora, reconocida por la ley francesa desde 2018, se basa precisamente en la integración fluida de los procesos de aprendizaje y evaluación en el corazón mismo de las situaciones profesionales.
El dispositivo AFEST se articula en torno a varias secuencias que materializan esta complementariedad.
El posicionamiento inicial. Antes incluso de empezar el itinerario, una evaluación diagnóstica permite identificar con precisión las necesidades de aprendizaje del alumno. Lejos de ser una simple formalidad administrativa, esta primera etapa de evaluación estructura todo el itinerario formativo posterior y sitúa desde el principio al alumno en una actitud reflexiva sobre sus propias competencias.
La puesta en situación y la observación. Durante esta fase, el alumno realiza una tarea profesional real bajo la mirada atenta de su acompañante. Esta observación no es pasiva: constituye ya una forma de evaluación continua que alimenta la progresión.
La fase reflexiva. Este momento clave de la AFEST materializa perfectamente la fusión entre el proceso formativo y el evaluativo. Al tomar distancia respecto a su práctica, guiado por las preguntas del acompañante, el alumno evalúa él mismo su desempeño a la vez que identifica nuevas vías de aprendizaje. Aquí se encuentra la transición entre la “fase de participación” y la “fase de realización” descritas por Clavier.
La evaluación de las competencias observadas. Realizada por el acompañante, esta evaluación no actúa como una sanción final, sino como una palanca de progreso. Permite medir el camino recorrido y ajustar las siguientes situaciones de aprendizaje.
Uno de los puntos fuertes de la AFEST reside en esta iteración entre acción, reflexión y evaluación. Cada ciclo permite al alumno ir superando progresivamente las 3 fases identificadas por Clavier: primero simple agente que aplica instrucciones, se convierte en actor consciente de sus prácticas y, después, en autor capaz de adaptarse e innovar en su contexto profesional.
A través de estas idas y venidas constantes entre la práctica y el análisis reflexivo, la AFEST permite que la evaluación desempeñe plenamente su papel en la construcción de la identidad. El alumno no se limita a adquirir competencias críticas: forja su postura profesional y afirma progresivamente su lugar en su entorno de trabajo.
La evaluación como herramienta de diálogo y de construcción conjunta
Una de las principales enseñanzas de este enfoque es que la evaluación no debe percibirse como una sanción, sino como una palanca de mejora continua. Cuando está bien planteada, favorece el intercambio entre formadores y alumnos y se convierte en una verdadera herramienta de progreso.
En un contexto profesional, esto se traduce en prácticas como comentarios periódicos, autoevaluaciones guiadas o momentos de intercambio entre compañeros. El objetivo es ir más allá de la simple lógica de validación para instaurar una dinámica de acompañamiento y evolución, una lógica cercana a la de una organización basada en las competencias.
Lo que aporta Daylindo a este tándem de evaluación y formación
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Las pruebas procedentes de organizaciones que han estructurado su AFEST sobre estas bases confirman la conclusión de este artículo: es la calidad de la articulación entre formación y evaluación, más que cualquiera de las dos por separado, lo que marca la diferencia en el desarrollo real de las competencias.
Conclusión: replantear la evaluación para convertirla en un motor de aprendizaje
En lugar de considerar la evaluación dentro del itinerario formativo como un simple indicador de rendimiento, debería integrarse plenamente en el proceso de formación, como una herramienta estructurante y evolutiva. Una evaluación bien construida no se limita a medir las competencias: ayuda a darles forma y a acompañar a los alumnos hacia un dominio real de su puesto y, con ello, hacia una verdadera afirmación profesional.
La AFEST, con su enfoque integrado en el que las situaciones de aprendizaje y los momentos de evaluación se alimentan mutuamente, representa sin duda una de las expresiones más completas de esta complementariedad. Nos muestra que, cuando la evaluación se concibe como parte integrante del proceso formativo, se convierte en un potente motor de transformación profesional y personal.
Preguntas frecuentes
¿Por qué la evaluación no debe verse como una simple formalidad al final de la formación?
Porque desempeña un papel activo en la construcción de la identidad profesional del alumno, ayudándole a situarse, ajustar sus prácticas y tomar distancia, y no solo a validar lo aprendido.
¿Cuáles son las 3 fases de la progresión paralela entre formación y evaluación según Loïc Clavier?
La fase de conformación y control, la fase de participación y evaluación formativa, y la fase de realización y construcción de sentido, en la que el alumno convierte la evaluación en una palanca de reflexión estratégica.
¿Cómo materializa la AFEST la complementariedad entre evaluación y formación?
A través de 4 secuencias: el posicionamiento inicial (evaluación diagnóstica), la puesta en situación observada, la fase reflexiva y la evaluación de las competencias observadas por el acompañante.
¿La fase reflexiva de la AFEST es una simple etapa administrativa?
No, es el momento clave que fusiona el proceso formativo y el evaluativo: el alumno evalúa él mismo su desempeño a la vez que identifica nuevas vías de aprendizaje, guiado por el acompañante.
¿Cómo convertir la evaluación en una herramienta de diálogo en lugar de una sanción?
Con prácticas como comentarios periódicos, autoevaluaciones guiadas y momentos de intercambio entre compañeros, para ir más allá de la simple lógica de validación.
¿Una evaluación bien construida se limita a medir las competencias adquiridas?
No. Bien planteada, también contribuye a dar forma a esas competencias y a acompañar al alumno hacia un dominio real de su puesto, más allá de la simple constatación del rendimiento.



